Proyecto actual

Dedico la mayor parte de mi tiempo a escribir mi autobiografía de los años que trabajé en Catar.

A mis 27 años y recién graduada de la maestría, quise que Catar fuera la plataforma de lanzamiento de mi carrera y de la relación con mi novio. Pero convertirme en una mujer profesionista y mantener mi noviazgo bicultural resultó más difícil de lo que esperaba, al enfrentarme con barreras de lenguaje, valores opuestos, segregación de género e incluso tensión política creciente en el Golfo Pérsico. La riqueza energética de Catar, descubierta hacía apenas unos años y que le abrió las puertas al desarrollo, tampoco era suficiente para cosechar oportunidades en esa tierra desierta, a pesar de mi ímpetu de transformación y el de Catar.

Doha, capital de Catar, en 2006

“Fue en la cabina de pasajeros del avión en Londres donde tuve una probadita de lo que me esperaba. Al entrar, me vi rodeada por mujeres musulmanas totalmente cubiertas de negro. Mientras platicaban, sacaron artículos personales de sus grandes bolsos de marcas de lujo y los acomodaron en sus amplios asientos de business class. Me sentí en desventaja: ¿por qué habrían de saber más de mí que yo de ellas? Vieron mi estilo sencillo: pantalón de mezclilla y playera, mi cabello rizado peinado al natural, o despeinado luego de 12 horas de viaje desde México. Algo llegarían a saber de mi personalidad o estado de ánimo. Yo, únicamente supe su estatura, algo de su complexión y percibí su actitud desenvuelta y su seguridad en sí mismas. Nos dirigíamos a Catar, en la desértica península arábiga; yo, a tomar mi nuevo puesto como investigadora asociada en la universidad estadounidense de Carnegie Mellon de la que recientemente me había graduado.”


Desierto adentro

“A las cinco de la mañana, el jet lag me abrió los ojos. Para mi sorpresa, la luz del amanecer se colaba entre la pared y la cortina de tela gruesa blackout. Ayer en la noche no había podido apreciar Doha, así que salí de la cama sin ni siquiera estirarme para comenzar a explorarla. Por el vidrio de la ventana vi la típica postal del horizonte en los países arábigos: una especie de bruma arenosa difuminaba el sol naranja a lo lejos y pintaba el cielo de un amarillo pálido. Parecía un reflejo del terreno desértico. El minarete de la mezquita vecina también se veía borroso, pero dejaba escuchar claramente el llamado al rezo del amanecer. Abrí la ventana para escuchar esta salmodia, un tanto nostálgica, en voz masculina transmitida a través de un altavoz. Así de temprano en la mañana, la humedad del calor mojó mi piel de golpe e hizo cosquillear mi nariz. Mi boca se resecó para quedar con una sed que no me abandonaría durante toda mi estancia. Mis cinco sentidos me decían que había llegado a Catar.”



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